Con esta parábola se cierran las tres historias que Jesús cuenta en el templo después de que le preguntaron con qué autoridad hacía lo que hacía: los dos hijos, los labradores y ahora una boda real a la que los invitados no quieren ir. Regresa a nuestra mesa el Rvdo. Dr. Ediberto López Rodríguez, profesor jubilado del Seminario Evangélico de Puerto Rico, doctor en teología y abogado. Con él leímos Mateo 22:1-14 al lado de la versión de Lucas, del Evangelio de Tomás y de dos relatos de la tradición judía, y nos preguntamos en qué personaje de esta historia nos reconocemos nosotros. Si te perdiste la conversación anterior, aquí la tienes:
Felicidades, somos labradores; la viña que otro plantó - Mateo 21:33-46
https://www.domingoadomingo.com/felicidades-somos-labradores-la-vina-que-otro-planto-mateo-21-33-46/
Tres ideas clave de nuestra conversación
- Mateo, Lucas, Tomás y el Talmud cuentan banquetes parecidos; solo en Mateo hay un rey, una ciudad quemada y un traje de boda.
- Los que maltratan y matan a los enviados son gente religiosa, y por eso la parábola también le habla a la iglesia.
- Gracia y discipulado van juntos: el traje de boda es la vida que responde a la invitación.
El episodio completo está en YouTube:
Amigo, ¿cómo entraste aquí? · Mateo 22:1-14 (Ep. 58)
https://youtu.be/ZzipUn5tw2M
Companion
Comentario a Mateo 22:1-14: la fiesta, las excusas y el traje
Un rey prepara la boda de su hijo y manda a llamar a los que ya estaban invitados. No quieren venir. Cualquiera de nosotros habría tachado la lista ahí mismo, con el orgullo herido y la comida en el fuego. El rey manda otra vez, y esta vez manda el menú: los toros y los animales engordados ya están muertos, todo está dispuesto. Nadie tiene que traer nada. Basta con llegar.
Pareciera que la gracia de Dios tiene esa intencidad. La dejan plantada y vuelve a invitar, con más detalle, como quien conoce a su gente y no se rinde con ella.
Las respuestas que recibe no tienen nada de escandaloso. Uno se va a su labranza, otro a sus negocios. Gente ocupada, con asuntos legítimos. Casi nunca le decimos a Dios que no con un portazo. Le decimos que ahora no, que después de la cosecha, que cuando se cuadre el negocio, que esta semana está imposible.
Los domingos se nota en los bancos. Muchas de nuestras congregaciones envejecen mientras los más jóvenes están en otra parte. Hay muchas razones detrás de esas ausencias, y algunas tienen que ver con cómo los hemos recibido nosotros. Otra es la de la parábola: una invitación a la que se le contestó con la labranza y los negocios de este tiempo. A los que sí venimos nos toca la misma pregunta: ¿qué excusa le estamos dando hoy?
La fiesta sigue en pie. El rey manda a sus siervos a las salidas de los caminos, donde se cruza la gente que entra y sale de la ciudad, a llamar a cuantos encuentren. Juntan a todos, malos y buenos, y Mateo los nombra en ese orden: los malos primero. El salón se llena de gente que no estaba en ninguna lista, y en la puerta nadie pide credenciales. Así llegamos todos, de la calle, sin mérito que enseñar.
El rey entra a ver a sus convidados y se detiene frente a un hombre que no está vestido de boda. Lo llama amigo. Le pregunta cómo entró así. En el texto la pregunta se queda sin respuesta, y la tenemos que contestar nosotros.
Hemos aprendido a predicar la puerta abierta, y hacemos bien, porque el texto la abre de par en par. La misma parábola, sin embargo, sigue dentro del salón. A esta fiesta se entra sin pagar, y quien entra no se queda como llegó. La gracia que nos encontró en el camino nos sienta a la mesa del Rey, y estar a esa mesa pide una vestimenta particular. Esa vestimenta se teje con la manera en que vivimos.
Vestirse, además, es tarea de todos los días. Cada mañana, antes de salir, nos lavamos los dientes, nos peinamos, nos miramos en el espejo para ver si la ropa está en orden. La fe se parece a eso. Cada día toca preguntarnos si andamos vestidos para la fiesta a la que nos invitaron, y casi siempre la respuesta está en lo pequeño: la palabra dura que le soltamos a un hijo, el juicio rápido sobre el vecino o sobre el que llegó de otro país, el desprecio con que a veces nos tratamos a nosotros mismos. En la oficina pastoral esa última herida aparece más de lo que quisiéramos.
Algunos días nos va a tocar estar mal vestidos. Lo sabemos. Mientras sea hoy, la interrogante del rey nos llega como pregunta, y la ropa de boda se sigue cosiendo, puntada a puntada, con la ayuda del mismo Señor que nos invitó.
Hoja de predicación · Domingo a Domingo
Vestidos para la boda
La invitación abierta y la ropa que pide la fiesta
Mateo 22:1–14
Vigésimo domingo después de Pentecostés · Propio 23 · Ciclo A · Verde · 11 de octubre de 2026
Contexto histórico-cultural
Un banquete importante se anunciaba en dos tiempos. Primero llegaba la invitación; después, con la comida lista, el anfitrión mandaba a sus siervos a buscar a quienes ya habían aceptado, como hicieron con Amán cuando el banquete de Ester estuvo dispuesto (Est 6:14). Por eso el texto llama «convidados» a los que se niegan (Mt 22:3): la negativa llega después del sí. En una cultura de honor y vergüenza, dejar plantado al anfitrión a última hora era una afrenta pública, y la mesa funcionaba como un mapa social: quién invita a quién, quién llega y quién falta decía dónde estaba cada cual. Si el anfitrión es un rey y la boda es la de su hijo, el desaire alcanza al trono.
Los toros y los animales engordados ya sacrificados (v. 4) anuncian una comida que no aguanta espera. Del otro lado, las excusas son las de la vida ordinaria: la labranza y los negocios (v. 5).
Mateo escribe después del año 70. Para sus oyentes, un rey que envía sus ejércitos y quema la ciudad de los homicidas (v. 7) evocaba la destrucción de Jerusalén. Su comunidad, de judíos que seguían a Jesús y de gentiles recién llegados, vivía en tensión con el liderato de la sinagoga, y el evangelio sitúa la parábola delante de los principales sacerdotes y los fariseos (Mt 21:45), grupos con un papel concreto en la ciudad y en el templo. En el salón lleno de Mateo se sientan judíos y gentiles, malos y buenos.
Tres claves exegéticas
1. «Amigo» ἑταῖρε (hetaire)
En el Nuevo Testamento solo Mateo pone este vocativo en boca de alguien, y lo hace tres veces: el dueño de la viña al obrero que murmura (Mt 20:13), el rey al hombre sin traje (22:12) y Jesús a Judas en Getsemaní (26:50). En los tres casos habla quien recibe la ofensa, y la palabra mantiene abierta la relación mientras pide cuentas. Tiene la cortesía de quien todavía trata al otro como compañero de mesa, sin la intimidad del amigo de confianza.
2. «Mas él enmudeció» ἐφιμώθη (ephimōthē)
El verbo φιμόω (phimoō) es el de poner bozal, amordazar. En pasiva, el hombre «quedó amordazado»: el texto describe a alguien sin nada que alegar. Mateo usa el mismo verbo pocos versículos después, cuando Jesús deja sin respuesta a los saduceos (Mt 22:34). El rey pregunta, y pareciera que el silencio del invitado funciona como confesión.
3. «Vestido de boda» ἔνδυμα γάμου (endyma gamou)
El texto no describe el traje. Mateo usa ἔνδυμα para el vestido de pelo de camello de Juan (3:4), para la ropa por la que no hay que afanarse (6:25, 28), para los falsos profetas que vienen «con vestidos de ovejas» (7:15) y para el vestido del ángel, blanco como la nieve (28:3). En 7:15 la ropa disfraza, y Jesús enseña a reconocer a cada cual por sus frutos (7:16). El trasfondo profético está en Sofonías: «Jehová ha preparado sacrificio, y ha dispuesto a sus convidados», y en ese día castigará «a todos los que visten vestido extranjero» (Sof 1:7–8). Banquete del Señor, convidados y ropa que no corresponde aparecen juntos en el profeta.
Hilo teológico
La boda del hijo del rey retoma la imagen que la primera lectura del domingo pone delante: el Señor de los ejércitos que hará en su monte «a todos los pueblos banquete de manjares suculentos» (Is 25:6). La parábola mantiene unidas la gracia y el juicio. El mismo rey que abre la puerta a cuantos se hallen en los caminos se enoja, castiga y pide cuentas. La tradición bíblica conserva la ira de Dios: los profetas la anunciaron contra Israel cuando su conducta negaba el pacto, y Mateo la anuncia también dentro del salón, contra uno que ya estaba sentado a la mesa.
«Muchos son llamados, y pocos escogidos» (v. 14) se ha leído, muy erronea y lamentablemente, como un decreto eterno que separa de antemano a salvos y perdidos. Desde la tradición metodista, el llamado alcanza a todos, como la orden de llamar «a cuantos halléis» (v. 9), y la elección se ve en quien recibe la invitación y deja que le cambie la vida. Así leído, el verso deja de ser un cálculo sobre los demás y se vuelve una pregunta para los que ya estamos adentro.
Las tinieblas de afuera nombran la lejanía de Dios, y esa lejanía puede empezar antes de la muerte: se vive cuando lo sagrado desaparece del horizonte y la vida se queda sin sentido.
Tres ángulos homiléticos
A. Dos personajes, dos espejos
Se podría predicar el texto en dos movimientos cortos. Primero, los convidados que se excusan y terminan maltratando a los enviados: ¿qué excusas le hemos puesto a Dios, y cuándo nuestra respuesta a su invitación ha sido hostil? Después, el hombre sin traje. La parábola es ficción, y la ficción le permite al oyente probarse la ropa de cada personaje; leída como retrato de los fariseos de entonces, se queda sin palabra para hoy. Un sermón en dos tiempos cabe en lo que una congregación puede escuchar con atención.
B. Del otro a nosotros
Otra ruta empieza donde la congregación se siente segura: con los poderosos que desprecian la invitación, sean gobiernos, estructuras económicas o jerarquías de iglesia. Mientras el sermón habla de ellos, nadie se mueve en el banco. Después se podría entrar al salón, donde estamos todos como convidados de los caminos, y desde allí volver a la primera escena para mirar los espacios donde sí tenemos poder: la casa, el trabajo, el ministerio.
C. La violencia que entra al templo
Los que matan a los siervos son invitados de siempre, gente del pacto. La pertenencia religiosa no exime a la iglesia de mirar la violencia que vive en nuestras casas y congregaciones: el maltrato y el descuido de niños y de envejecientes, la violencia contra las mujeres, el desprecio al inmigrante, a las personas negras y a quienes viven una orientación sexual distinta, y la violencia que no toca el cuerpo y le quita a otro la dignidad. Debemos nombrarla sin señalar a nadie desde el púlpito, y preguntarnos dónde la toleramos o la callamos.
Ilustración y aplicación contextual
En nuestra mesa de grabación se puede llegar un lunes en pantalones cortos. Una vez, uno de los dos llegó con una camisa que no servía para la cámara, y antes de encender las luces apareció una camisa prestada. Se puso y se grabó. Ese mismo invitado, el domingo, no sube al púlpito en pantalones cortos, y nadie tiene que explicarle por qué: el culto tiene su ropa.
En la escena caben las dos cosas. El anfitrión viste al invitado, como Dios, que no deja a Adán y a Eva con los delantales de hojas de higuera que se cosieron (Gn 3:7) y les hace túnicas de pieles (Gn 3:21). Y la ocasión pide ropa. Se podría presentar así a nuestra congregación: un lugar donde a uno le prestan la camisa, y un lugar donde la camisa importa.
La conversación trajo también otra ropa prestada, la que disfraza. Homi Bhabha llamó mimetismo al gesto del colonizado que imita al colonizador para parecérsele, sin terminar de lograrlo nunca. Aquí tenemos maneras propias de hablar, de juntarnos y de cuidarnos, y a veces andamos vestidos con ropa que no nos pertenece. Preguntarnos qué llevamos puesto también es parte del examen.
Breves notas sobre el género literario
Una parábola es un relato breve, con pocos personajes y una trama que pone al oyente frente a una decisión. Mateo le añadió rasgos alegóricos: el rey, el hijo, los siervos maltratados, la ciudad quemada. La lógica del cuento se rompe a propósito, porque una guerra entera ocurre entre el aviso de que la comida está lista y la orden de salir a los caminos (vv. 4–9), y ese quiebre empuja la lectura más allá del banquete. Las otras versiones del relato están en las notas.
«Allí será el lloro y el crujir de dientes» es fórmula de juicio: Mateo la usa seis veces (8:12; 13:42, 50; 22:13; 24:51; 25:30) y Lucas una (Lc 13:28). «Las tinieblas de afuera» solo aparecen en Mateo (8:12; 22:13; 25:30). Es lenguaje apocalíptico, de imágenes, al servicio de la exhortación.
Breves notas sobre la estructura
La perícopa tiene dos escenas y un dicho. La primera (vv. 1–10) va de la invitación rechazada al juicio sobre la ciudad y a la invitación abierta, y termina con el salón lleno. La segunda (vv. 11–13) ocurre adentro: el rey entra, mira y pregunta. El versículo 14 cierra con un dicho sapiencial. Los dos juicios bajan de escala: en el primero arde una ciudad; en el segundo sale un solo hombre.
«Malos y buenos» (v. 10) recoge un hilo de Mateo: el trigo y la cizaña que crecen juntos hasta la siega (13:30) y la red que recoge peces de toda clase (13:47–48). La comunidad es mixta, y aquí la separación empieza dentro del salón. La parábola es la tercera respuesta a la pregunta por la autoridad de Jesús (21:23), después de los dos hijos y de los labradores; con ella terminan las parábolas y empiezan las preguntas para atraparlo (22:15).
Pregunta para la comunidad
Domingo a Domingo · Episodio 58 · domingoadomingo.com
Complemento
Para profundizar: notas y fuentes
1. Lucas cuenta la historia de «cierto hombre» que ofrece una gran cena; los invitados se excusan con una hacienda, unas yuntas de bueyes y un matrimonio reciente, y el anfitrión manda traer a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos (Lc 14:16-24). Mateo convierte al anfitrión en rey y la cena en la boda de su hijo, y añade la violencia contra los siervos, la ciudad quemada y la escena del traje. Las diferencias son tan grandes que, como recoge Ulrich Luz, comentaristas de la iglesia antigua, medieval y de la Reforma las leyeron como dos parábolas distintas. Javier Ortega Badilla ve una raíz común en los dos enojos del rey, el de las excusas y el del traje: invitados que no se dan cuenta de lo que vale el banquete.
Fuente: Javier Ortega Badilla, «Comentario del San Mateo 22:1-14», Working Preacher (2014) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-28/comentario-del-san-mateo-221-14-4
2. El Evangelio de Tomás (dicho 64) conserva la parábola sin rey, sin boda y sin violencia. Las excusas giran alrededor del dinero y la propiedad: unos comerciantes que le deben dinero al invitado y vienen esa noche, una casa recién comprada, una finca cuya renta hay que cobrar y la cena de bodas de un amigo que el invitado tiene que organizar. El siervo sale entonces a los caminos a traer a quien encuentre, y el dicho cierra con una sentencia: compradores y comerciantes no entrarán en los lugares del Padre.
Fuente: «Gospel of Thomas Saying 64», Early Christian Writings (traducciones de Blatz y de Patterson y Meyer) — https://earlychristianwritings.com/thomas/gospelthomas64.html
3. El relato de Bar Ma'yan está en el Talmud de Jerusalén (Sanedrín 6:6, tomado de Jagigá 2:2): el hijo de Ma'yan, un cobrador de impuestos, preparó una comida para el concilio de la ciudad; los notables no llegaron, y él mandó que comieran los pobres para que no se perdiera. Ese único gesto, dice el relato, le valió un entierro al que acudió toda la ciudad. El Talmud de Babilonia, de redacción más tardía, guarda una parábola atribuida a Rabán Yojanán ben Zakai más cercana a la segunda escena de Mateo: un rey invita a sus siervos sin fijar la hora, los sabios se arreglan y esperan a la puerta, los necios siguen en su trabajo, y cuando el rey llama de repente unos entran arreglados y los otros sucios, a quedarse de pie mirando el banquete (Shabat 153a). El Talmud la usa para explicar el consejo de mantener blancas las vestiduras (Ec 9:8) y de arrepentirse un día antes de morir, es decir, todos los días.
Fuente: Talmud de Jerusalén, Sanedrín 6:6, trad. Heinrich W. Guggenheimer — https://www.sefaria.org/Jerusalem_Talmud_Sanhedrin.6.6 · Talmud de Babilonia, Shabat 153a, William Davidson Edition — https://www.sefaria.org/Shabbat.153a
4. Si a los convidados los trajeron de los cruces de caminos, sin tiempo para buscar ropa, el reclamo del rey difícilmente sea por elegancia. Dan González Ortega lee el vestido de boda como la prenda visible de una vida transformada por la invitación gratuita, que se nota en la justicia y la misericordia que practica y en la hospitalidad. En su lectura, la mesa abierta a los descartados deja al descubierto a quien está presente sin que la fiesta le importe.
Fuente: Dan González Ortega, «Comentario del San Mateo 22:1-14», Working Preacher (2026) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-28/comentario-del-san-mateo-221-14-6
5. Juan Wesley dedicó al versículo 12 uno de sus últimos sermones, «On the Wedding Garment», fechado en Madeley el 26 de marzo de 1790 (sermón 120 en la edición de 1872), menos de un año antes de su muerte. Discute con quienes identificaban el traje con la justicia de Cristo imputada al creyente y lo identifica con la santidad sin la cual nadie verá al Señor (He 12:14), que lee junto al lino fino de Apocalipsis 19:8. Su distinción: la justicia de Cristo nos da derecho a la gloria y la santidad nos hace aptos para ella. Por eso, dice, el banquete de la parábola pertenece a la iglesia en la tierra, donde todavía puede haber quien se siente a la mesa sin traje.
Fuente: John Wesley, «Sermon 120: On the Wedding Garment» (ed. de 1872), ResourceUMC — https://www.resourceumc.org/content/sermon-120-on-the-wedding-garment
6. La pareja «gracia barata» y «gracia cara» viene de Dietrich Bonhoeffer, que abre con ella El precio de la gracia (Nachfolge, 1937), escrito en los años en que dirigía el seminario de la Iglesia Confesante en Finkenwalde. Para Bonhoeffer, la gracia barata es el perdón que no llama a seguir a Cristo; la cara cuesta porque llama al seguimiento, y es gracia porque en ese seguimiento se recibe la vida. La edición española de Sígueme conserva el adjetivo «cara», el mismo que usamos en la conversación.
Fuente: Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento (Salamanca: Sígueme) — https://www.sigueme.es/docs/libros/el-precio-de-la-gracia.-el-seguimiento.pdf
7. Para hablar de vestirse de Cristo, el Nuevo Testamento tiene fórmulas precisas: «vestíos del Señor Jesucristo» (Ro 13:14) y «de Cristo estáis revestidos» (Gá 3:27). Colosenses habla de revestirse del nuevo hombre (3:10) y viste a los creyentes «como escogidos de Dios… de entrañable misericordia» (3:12), con la misma palabra que cierra la parábola: ἐκλεκτοί (ἐκλεκτός, eklektos): escogido, elegido; en Mateo también en 24:22, 24 y 31. El Apocalipsis completa el cuadro con la novia vestida de lino fino, «las acciones justas de los santos» (19:8), y con la bienaventuranza de «los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (19:9).
Fuente: David A. Roldán, «Comentario del San Mateo 22:1-14», Working Preacher (2023) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-28/comentario-del-san-mateo-221-14-5
Fe de errata
- En la conversación se ubicó en Lucas 2 la visita de los magos que buscan al rey de los judíos. El relato está en Mateo 2:1-12, y la pregunta por el rey, en Mateo 2:2.
- Anthony de Mello se mencionó como misionero en la India. Fue un jesuita indio, nacido en Bombay en 1931.
Que el Rey que tiene la mesa servida te alcance en la salida de tu camino, y que su gracia te vista de boda.
S. Febo
7 de octubre de 2026
Conversación