Tercera viña en tres domingos. Primero fueron los jornaleros de las cinco de la tarde, después los dos hijos que dijeron una cosa e hicieron otra, y ahora unos labradores que se quedan con la viña que se les confió. Jesús sigue en el templo, delante de los mismos que le preguntaron con qué autoridad hacía lo que hacía. Sigue también en nuestra mesa el pastor Luis Santiago, y con él nos sentamos frente a una viña preparada con todo cuidado y unos labradores que no quisieron recibir a nadie. Si te perdiste la conversación anterior, aquí la tienes:
La respuesta que Jesús no iba a dar; el hijo que dijo que no y fue (Ep. 56): nuestra conversación sobre Mateo 21:23-32 https://www.domingoadomingo.com/la-respuesta-que-jesus-no-iba-a-dar-el-hijo-que-dijo-que-no-y-fue-mateo-21-23-32/
Tres ideas clave de nuestra conversación para el episodio de hoy:
- La viña no le falló al dueño: el reclamo de la parábola cae sobre los que la tenían a su cargo.
- Somos labradores de una heredad que no ganamos, y nos toca entregar el fruto a su tiempo.
- Si ponemos algún principio por encima de Cristo, ese principio termina por desmenuzarnos.
El episodio completo está en YouTube: Parábola de los labradores malvados · Mateo 21:33-46: Ve el episodio 57 de Domingo a Domingo [https://youtu.be/64amrS6BMgE]
Companion
Felicidades, iglesia. Nos tocó una heredad hermosa.
No plantamos esta viña. La cerca, el lagar y la torre ya estaban cuando llegamos, y llegamos como llega casi todo el mundo a la fe: rotos, cansados, con más preguntas que respuestas. Alguien nos abrió el portón de la viña y nos puso una herramienta en la mano. Lo que empezó con unos judíos de Galilea que siguieron a Jesús nos llegó a nosotros, en esta isla, veinte siglos después, y nos llegó por manos concretas: una abuela que oraba de madrugada, un maestro de escuela dominical que se sabía nuestro nombre, una iglesia pequeña que abrió las puertas un domingo cualquiera. Eso es herencia, y nadie hereda por mérito.
Jesús cuenta esta parábola en el templo, delante de los que tenían la viña a su cargo. Un dueño prepara la tierra con todo cuidado, se la confía a unos labradores y se va lejos. Cuando llega el tiempo de la cosecha, manda a buscar su parte. A los que envía los reciben a golpes y a pedradas. Manda más, y les pasa lo mismo. Al final manda a su hijo, seguro de que a él sí lo van a respetar.
Cuando el dueño manda a su hijo, la implicación de quien el hijo representa es que va él mismo. Lo sacaron de la viña y lo mataron.
Pareciera que a los labradores se les fue borrando de quién era la viña. La trabajaban todos los días, conocían cada hilera y cada cepa, sabían cuándo tocaba podar, y en algún momento empezaron a hablar de ella como si fuera suya. A eso se llega poco a poco, con los años, a fuerza de costumbre.
Nos pasa. Llevamos tiempo en la iglesia, conocemos cada rincón del templo, sabemos cómo se hacen las cosas aquí, y un día nos descubrimos defendiendo la viña de su propio Dueño. Ponemos nuestra opinión, nuestro orgullo y nuestras ganas de mandar en el lugar que le pertenece a Dios. Nos envolvemos en lo acostumbrado y en nuestras religiosidades. Cuando llega alguien con una palabra que nos incomoda, lo recibimos como aquellos labradores recibieron a los enviados: con el portón cerrado y los oídos tapados.
El Dueño no ha dejado de pedir su parte. No viene a cobrar el día que sembramos, ni la semana en que la viña apenas echa hojas. Espera la cosecha. Lo que busca tiene nombre: frutos de justicia, de misericordia y de amor, entregados a su tiempo. La justicia se ve en cómo tratamos al que trabaja a nuestro lado; la misericordia, en cómo recibimos al que llega roto como llegamos nosotros; el amor, en lo que hacemos cuando nadie lo va a aplaudir. Lo que no le podemos entregar es una viña con otro dueño.
Hay descanso en saberse labrador. Nos quita de encima el peso de ser dueños. No nos toca inventar la viña, ni sostenerla con nuestras fuerzas, ni decidir quién merece entrar en ella. Nos toca trabajarla con humildad, escuchar a los que el Dueño manda y tener el fruto listo cuando llegue el tiempo. La viña es del Señor. Siempre lo fue.
Así que felicidades, iglesia. La heredad es hermosa, y el trabajo nos espera. Hay mucha viña que labrar.
Hoja de predicación · Domingo a Domingo
La viña arrendada
Los labradores, los enviados y la piedra desechada
Mateo 21:33–46
Decimonoveno domingo después de Pentecostés · Propio 22 · Ciclo A · Verde · 4 de octubre de 2026
Contexto histórico-cultural
La viña de la parábola es una inversión de años. La cerca la protegía de animales y de caminantes; el salmo que el leccionario asigna junto a Isaías 5 describe lo que le pasa a la viña sin vallado: «la vendimian todos los que pasan por el camino» (Sal 80:12). El lagar, cavado en la misma viña, recogía el mosto de la uva pisada, y la torre servía para vigilar la cosecha.
Una viña nueva tardaba años en dar cosecha. La Ley contaba esos años para los árboles frutales: tres sin comer de su fruto, el cuarto consagrado, el quinto para disfrutarlo (Lv 19:23–25). «Cuando se acercó el tiempo de los frutos» (Mt 21:34) llega después de una espera larga, la de un dueño que «se fue lejos» y confió la tierra a otros.
Es un arreglo que la gente del campo reconoce: uno pone la tierra, otro pone el trabajo, y la cosecha se reparte en la proporción acordada. Los labradores de la parábola quisieron quedarse con todo.
Tres claves exegéticas
1. «La cercó de vallado» φραγμὸν αὐτῷ περιέθηκεν (phragmon autō periethēken)
Mateo repite los trabajos del amado con su viña en el canto de Isaías: cercarla, plantarla, edificar la torre, hacer el lagar (Is 5:2). El oyente reconoce la canción antes de que aparezca el primer labrador. En Isaías la viña da «uvas silvestres» (Is 5:2, 4) y sobre ella cae el juicio (Is 5:5–6); en Mateo la viña no recibe reproche, y todo el peso recae sobre quienes la trabajan. La parábola traslada el problema de la cosecha a la administración.
2. «Venid, matémosle» δεῦτε ἀποκτείνωμεν αὐτόν (deute apokteinōmen auton)
Al ver al hijo, los labradores dicen «venid, matémosle» (Mt 21:38), lo mismo que dijeron los hermanos de José cuando lo vieron venir de lejos: «venid, y matémosle» (Gn 37:20). José también había sido enviado por su padre a ver cómo estaban sus hermanos en el campo (Gn 37:13–14). Pareciera que el eco trae consigo el final de aquella historia, donde el hijo rechazado termina sosteniendo a los que lo rechazaron. La otra mitad de la frase, «apoderémonos de su heredad», usa un sustantivo (κληρονομία, klēronomia) que en Mateo aparece solo aquí, y deja ver el cálculo: quitar de en medio al heredero para quedarse con lo que no era suyo.
3. «Le echaron fuera de la viña» ἐξέβαλον ἔξω τοῦ ἀμπελῶνος (exebalon exō tou ampelōnos)
Marcos cuenta que mataron al hijo y después lo echaron fuera (Mc 12:8). Mateo invierte el orden, y Lucas coincide con él (Lc 20:15): primero lo sacan de la viña, luego lo matan. Con ese orden, pareciera que la parábola mira ya hacia la pasión que Mateo narrará pocos capítulos después, cuando llevan a Jesús a crucificar y «salían» de la ciudad (Mt 27:31–32); la carta a los Hebreos lo resume diciendo que padeció «fuera de la puerta» (Heb 13:12).
Hilo teológico
La iniciativa es siempre del dueño: planta, cerca, cava, edifica, arrienda, envía, vuelve a enviar, envía al hijo. Los labradores solo deciden qué hacer con lo recibido. El versículo 43 conserva esa gramática: el reino «será quitado» y «será dado» (ἀρθήσεται… δοθήσεται), dos pasivas que dejan la acción en manos de Dios. El reino se recibe o se pierde; nadie se apodera de él.
El fruto que el dueño espera tiene contenido desde Isaías: «Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor» (Is 5:7). En hebreo el profeta junta palabras que suenan casi igual, mishpat y mispaj, tsedaqá y tseaqá: lo que Dios esperaba y lo que la viña produjo casi se confunden al oído. En Mateo, el fruto se reconoce en lo que se hace (Mt 3:8; 7:16–20; 12:33).
La cita del salmo cierra con la misma lógica: «El Señor ha hecho esto» (Mt 21:42). La piedra desechada llega a la cabeza del ángulo porque Dios la pone ahí, y en Mateo el Hijo echado fuera de la viña pasa a ser la piedra sobre la que Dios edifica.
Tres ángulos homiléticos
A. Ningún principio por encima de la piedra
Se podría cerrar la predicación con los versículos 42 al 44. En la conversación lo planteamos así: si hemos puesto algún principio por encima de Jesús, ese principio termina por desmenuzarnos. La misma piedra que sostiene la casa quebranta al que cae sobre ella. Se podría nombrar con cuidado cuáles son esos principios en nuestra vida de iglesia: una costumbre, una lealtad, una manera de hacer las cosas. El versículo 44 trae una cuestión textual, recogida en las notas del final.
B. «¿No está Jehová entre nosotros?»
Se podría predicar la parábola con Miqueas 3 abierto al lado, como hicimos en la conversación junto a Isaías 5. El profeta acusa a jefes que juzgan por cohecho y a sacerdotes que enseñan por precio, «y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros» (Mi 3:11). El oráculo termina con el monte de la casa convertido en «cumbres de bosque» (Mi 3:12). Pareciera que los labradores de Mateo sacan una cuenta parecida: tienen la viña a su cargo, y eso les basta para sentirse a salvo. La pregunta se le puede devolver a la iglesia: cuándo la certeza de que Dios está con nosotros se ha vuelto un escudo contra los que Dios nos envía.
C. Los envíos como misericordia
Se podría predicar la parábola desde la paciencia del dueño. Envía siervos, envía otros «más que los primeros» (Mt 21:36), y finalmente envía al hijo. El cronista leyó la historia de Judá de la misma manera: Dios «envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo», hasta que «no hubo ya remedio» (2 Cr 36:15–16). En la conversación lo dijimos así: cada envío es otra oportunidad de misericordia, y esa paciencia también tiene un límite.
Ilustración y aplicación contextual
Todos hemos visto la escena en alguna reunión de la junta. Alguien lleva años en un cargo, y el día que se decide rotarlo anuncia que se va: «Yo creo en Dios, pero voy a creer en Dios en mi casa». En la conversación lo llamamos por su nombre: el cargo se había vuelto un ídolo. Sin que nadie lo planificara, el puesto fue ocupando, poco a poco, el lugar que le toca a Dios, hasta que perderlo se sintió como perder la fe.
A los pastores nos pasa con otra ropa. Los años en el ministerio se vuelven rango, el que lleva poco tiempo nos parece poca cosa, y dentro del mismo gremio vamos armando escalones: «yo estoy más arriba», el otro más abajo. El cargo, como el lagar y la torre, es parte de lo que se nos arrendó.
Breves notas sobre el género literario
Es una parábola de juicio con rasgos alegóricos: la viña evoca a Israel desde Isaías, los siervos enviados evocan a los profetas y el hijo echado fuera antes de morir anticipa la pasión. Por segunda vez en el capítulo los oyentes dictan la sentencia antes de saber que es para ellos (Mt 21:31, 41), y esta vez el narrador lo dice: «entendieron que hablaba de ellos» (Mt 21:45).
La pregunta «¿no habéis leído?» es fórmula de controversia en Mateo (Mt 12:3, 5; 19:4; 22:31), y en la forma «¿nunca leísteis?» Jesús se la dirige dos veces a los principales sacerdotes en este mismo capítulo: cuando se indignaron porque unos muchachos lo aclamaban en el templo (Mt 21:15–16) y aquí (Mt 21:42).
Breves notas sobre la estructura
La perícopa avanza en cinco tiempos: la parábola (vv. 33–39), la pregunta y la sentencia de los oyentes (vv. 40–41), la Escritura (v. 42), la aplicación (vv. 43–44) y la reacción (vv. 45–46). Isaías 5 la abre y el Salmo 118 la cierra, y entre esos dos textos queda la historia de los labradores.
Mateo organiza los envíos en dos grupos de siervos, el segundo «más que los primeros» (Mt 21:36), y después el hijo; Marcos los manda uno a uno antes de sumar «otros muchos» (Mc 12:2–5). El patrón vuelve en la parábola siguiente, «envió a sus siervos… Volvió a enviar otros siervos» (Mt 22:3–4), y en el lamento sobre Jerusalén, «que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados» (Mt 23:37); en Mateo, el verbo apedrear (λιθοβολέω) solo aparece allí y en 21:35. La expresión «reino de Dios», rara en un evangelio que prefiere «reino de los cielos», cose esta parábola con la anterior (Mt 21:31, 43). El «echarle mano» del versículo 46 queda pendiente hasta Getsemaní, donde «echaron mano a Jesús» (Mt 26:50).
Pregunta para la comunidad
Domingo a Domingo · Episodio 57 · domingoadomingo.com
Para profundizar: notas y fuentes
1. Los contratos de arrendamiento de campos y viñas eran frecuentes por lo difícil que resultaba acceder a tierra cultivable. El labrador trabajaba la viña y le debía al dueño una parte del fruto en la vendimia, que David A. Roldán estima habitualmente en un 25 %. Los siervos que llegan a cobrar son otros que los labradores y traen la autoridad del dueño; Roldán lee en ellos a los profetas, y en los labradores, a las autoridades ligadas al aspecto económico del templo.
Fuente: David A. Roldán, «Comentario del San Mateo 21:33-46», Working Preacher — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-27/comentario-del-san-mateo-2133-46-5
2. Que el siervo llegue con la autoridad del dueño tiene forma de principio legal en la tradición judía. La Misná lo formula a propósito de quien dirige la oración en nombre de la congregación: «el enviado de una persona es como ella misma» (שְׁלוּחוֹ שֶׁל אָדָם כְּמוֹתוֹ, sheluḥo shel adam kemoto). La Misná se recopiló hacia el año 200, después de los evangelios, aunque recoge tradiciones anteriores. Mateo conoce la misma lógica: «El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (10:40). Leída así, cada golpe a un siervo de la parábola cae sobre el dueño.
Fuente: Misná, Berajot 5:5 (texto hebreo y traducción William Davidson Edition), Sefaria — https://www.sefaria.org/Mishnah_Berakhot.5.5
3. ἔθνει (ἔθνος, ethnos): pueblo, nación; en Mateo casi siempre en plural, para «los gentiles» o «las naciones» (4:15; 10:5; 28:19), y en singular solo aquí y en 24:7. El singular de 21:43 define a ese pueblo por lo que hace: «que produzca los frutos». Dan González Ortega lee el versículo desde las comunidades de Mateo después del año 70, judías seguidoras de Jesús que habían visto caer el templo: Dios retira la viña de manos violentas y la confía a quienes produzcan frutos. En sus palabras, el pasaje «deja de ser un texto sobre reemplazos religiosos y se convierte en una prueba de frutos».
Fuente: Dan González Ortega, «Comentario del San Mateo 21:33-46», Working Preacher — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-27/comentario-del-san-mateo-2133-46-6
4. λικμήσει (λικμάω, likmaō): aventar, desmenuzar; en el Nuevo Testamento solo aquí y en Lucas 20:18, igual que συνθλασθήσεται (συνθλάω, synthlaō), «será quebrantado». El versículo 44 falta en algunos manuscritos antiguos, y varias traducciones lo ponen entre corchetes o en nota; la RVR60 lo trae en el texto. Se ha propuesto que entró temprano desde Lucas 20:18, aunque la redacción no coincide del todo y un copista lo habría colocado con más lógica después del versículo 42. También se explica que un copista lo saltara, porque el 43 y el 44 terminan con palabras parecidas en griego. Al menos un estudioso ve detrás del dicho a Daniel 2:44-45 e Isaías 8:14, y lo tiene por parte original de Mateo.
Fuente: Barclay M. Newman y Philip C. Stine, A Handbook on the Gospel of Matthew (UBS Handbook Series, 1988), en TIPs de las Sociedades Bíblicas Unidas — https://old-tips.translation.bible/tip_verse/matt-2144/
5. λίθον (λίθος, lithos): piedra; en Mateo también en 3:9, donde Juan advierte que «Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras», en 4:3, 6; 7:9; 24:2, y en la tumba (27:60, 66; 28:2). En hebreo, piedra (אֶבֶן, ʾeben) e hijo (בֵּן, ben) suenan casi igual. El Targum arameo de los Salmos, traducción interpretativa posterior al Nuevo Testamento, lee el versículo que Jesús cita en 21:42 con un muchacho en lugar de una piedra: «el niño que desecharon los arquitectos era de los descendientes de Isaí, y mereció ser nombrado rey y gobernante». Pareciera que ese mismo parecido de sonido está detrás de la lectura del Targum, y le da a la cita del salmo, puesta justo después de la muerte del hijo, un eco que el griego no conserva.
Fuente: Targum arameo de los Salmos 118:22 (Sefaria Community Translation), Sefaria — https://www.sefaria.org/Aramaic_Targum_to_Psalms.118.22
Que el Dueño de la viña, que te confió una heredad que no ganaste, te encuentre con el portón abierto a sus enviados y el fruto listo a su tiempo.
S. Febo
30 de septiembre de 2026
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