La semana pasada Jesús pidió ver una moneda y dejó sin palabras a aquellos que le cuestionaban sobre el tributo. Ahora los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntan a una, y uno de ellos, intérprete de la ley, le pregunta por el gran mandamiento. Jesús contesta directamente, con dos mandamientos de los que cuelga toda la ley y los profetas, y después es él quien pregunta: ¿de quién es hijo el Cristo? Hoy con nosotros nuevamente el pastor Luis Santiago, pastor de la Iglesia Metodista La Transfiguración en Santurce. Comenzamos con dos preguntas, cómo se cumple la ley y quién es el Mesías, y terminamos recordando por qué hacemos Domingo a Domingo: porque hemos decidido amar a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Para leer la conversación anterior, aquí la tienes:
Lo que nos toca devolver; la imagen en la moneda - Mateo 22:15-22
URL: https://www.domingoadomingo.com/lo-que-nos-toca-devolver-la-imagen-en-la-moneda-mateo-22-15-22/

Tres ideas clave para nuestra conversación de hoy:

Jesús responde a la pregunta por la ley con la Escritura misma, y donde la Reina-Valera dice que de esos dos mandamientos «depende» toda la ley y los profetas, el griego dice que «cuelga».
El amor al prójimo se prueba fuera de las cuatro paredes de la iglesia: en el trabajo, con quien piensa distinto y con quien no es de nuestro grupo.
La pregunta por el hijo de David nos llevó a las dos naturalezas de Cristo, Hijo de David y Señor de David, y a quién es el que nos manda a amar así.

El episodio completo está en YouTube:
¿De quién es hijo? · Mateo 22:34-46 (Ep. 60)
https://youtu.be/PmZ1qKOnyZk

Companion - Comentario a Mateo 22:34-46: el amor, el prójimo y el Señor de David

Los fariseos oyen que Jesús ha hecho callar a los saduceos y se juntan a una. De entre ellos se adelanta uno, intérprete de la ley, alguien que conoce la Escritura de punta a punta, y le pregunta por tentarle: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Detrás de esa pregunta hay otra que atraviesa toda la Escritura: cómo se cumple con el pacto que Dios hizo con su pueblo.

Lo interesante es que esta vez Jesús contesta directamente. En los encuentros anteriores había respondido con algo más grande que lo que le planteaban, pero aquí cita la Escritura que el intérprete conocía bien: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Luego añade que el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. Es como si todo lo demás colgara de ahí, ya que desde ahí se entienden la ley y los profetas.

Se puede cumplir la ley por la ley misma, cuidar cada detalle y quedarse en eso. Jesús nos lleva al fundamento, el amor de Dios, que se mueve en dos direcciones desde el mismo lugar. Es el amor de Dios el que nos permite amarle a él, y es el mismo amor de Dios el que nos permite amar al prójimo. Lo dice la primera carta de Juan: Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. El amor que la ley pide nos llega antes como regalo.

Hablamos mucho del amor de Dios, pero no se nos hace fácil amar como él ama. En el templo parece sencillo: nos saludamos, nos llamamos hermanos, nos decimos que nos amamos. ¿Cómo se come eso el lunes? El prójimo es el que está próximo, cerca de nosotros en todo momento, y casi nunca lo escogemos. Está a nuestro lado en el trabajo, en el vecindario, en la escuela, y muchas veces no piensa como nosotros. A veces nos llevamos bien con esa persona, y a veces no. Puede ser alguien con quien estamos en acuerdo o en desacuerdo, y el mandamiento sigue siendo el mismo: amarle como a nosotros mismos.

Otra cosa importante que tenemos que entender es que este amor confronta una cultura que nos enseña a quedarnos con nuestro grupo, con la gente con la que mejor nos llevamos. Jesús ya había llevado el mandamiento más lejos cuando dijo en el monte: Amad a vuestros enemigos. Ese amor nos saca de las cuatro paredes de la iglesia y nos manda a la oficina, a la calle y a la casa de al lado, a amarnos a nosotros mismos, a amar a nuestra comunidad y al que piensa o es diferente.

Después Jesús le da la vuelta a la conversación. Hasta ahora le han preguntado a él, y ahora es él quien les pregunta a los fariseos reunidos: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le contestan bien: De David. Entonces Jesús les recuerda que David, en el Espíritu, le llama Señor: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha. Si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? Nadie le pudo responder palabra.

Hijo de David, sí, porque viene de su linaje. Pero también es Señor de David, y ese Mesías rompe el molde de lo que se esperaba. El salmo lo sienta a la derecha de Dios, por encima de cualquier trono de esta tierra.

Por eso las dos partes del texto van juntas. Quien nos manda a amar a Dios con todo lo que somos, y al prójimo como a nosotros mismos, es el mismo que murió en la cruz porque nos amó. Esa confrontación no nos la hace una teoría ni una filosofía que podamos aceptar o dejar a un lado. El que está sentado a la derecha de Dios, el que vino a salvarnos, nos está diciendo que lo más importante es el amor.

Hoja de predicación · Domingo a Domingo

Dos mandamientos y una pregunta

El amor del que cuelga la ley y el Cristo que David llama Señor
Mateo 22:34–46

Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés · Propio 25 · Ciclo A · Verde · 25 de octubre de 2026

I

Contexto histórico-cultural

Seguimos en el templo, en la serie de preguntas que comenzó cuando los principales sacerdotes y los ancianos le cuestionaron a Jesús su autoridad (21:23). Los saduceos acaban de quedar callados con la pregunta sobre la resurrección (22:23–33), que el leccionario no incluye. Ahora vuelven los fariseos, un movimiento de maestros y laicos dedicado a interpretar la Torá y a vivirla en lo cotidiano, y la pregunta la hace «uno de ellos, intérprete de la ley» (v. 35), un experto en la ley de Moisés. El verbo con que Mateo describe su intención, «por tentarle», es el mismo que trabajamos la semana pasada en la pregunta del tributo (22:18), y el mismo que nombra al tentador en el desierto (4:3).

La pregunta por el «gran mandamiento» tenía lugar propio en la conversación judía. La tradición rabínica posterior contó 613 mandamientos en la Torá, y hubo maestros que buscaron el principio que los reuniera; de Hillel y de Akiva se recuerdan resúmenes famosos (ver notas). Jesús contesta desde adentro de esa tradición. El primer mandamiento viene de Dt 6:5, inmediatamente después de «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Dt 6:4), la confesión que el mismo texto manda repetir en casa y en el camino, al acostarse y al levantarse (Dt 6:7). El segundo viene de Lv 19:18, donde el amor al prójimo aparece junto a la prohibición de vengarse y de guardar rencor.

«El Cristo» es la forma griega de decir «el Mesías», el ungido. «Hijo de David» era el título del rey ungido que Dios había prometido a la casa de David (2 S 7:12–16), y las esperanzas mesiánicas de la época eran diversas; una corriente fuerte esperaba un rey davídico que devolviera a Israel su soberanía. Mateo usa el título sin reservas. Abre el evangelio con «Jesucristo, hijo de David» (1:1), y se lo ponen en la boca los ciegos y la mujer cananea cuando piden misericordia (9:27; 15:22; 20:30–31), la multitud a la entrada de Jerusalén (21:9) y los muchachos en el templo (21:15).

II

Tres claves exegéticas

1. «Se juntaron a una» συνήχθησαν ἐπὶ τὸ αὐτό (synēchthēsan epi to auto)

Mateo enmarca las dos escenas con el mismo verbo de reunión: los fariseos «se juntaron a una» (v. 34) y, «estando juntos los fariseos» (v. 41; συνηγμένων), Jesús les pregunta. La expresión completa del v. 34 es la misma que usa Hch 4:26 al citar el Salmo 2: «los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo». Puede ser un eco buscado o una coincidencia de lenguaje, pero la reunión que empieza en el v. 34 termina en una pregunta precisamente por el Cristo.

2. «De estos dos mandamientos depende» κρέμαται (κρεμάννυμι, kremannymi)

La RVR60 traduce «depende»; el verbo es colgar, estar suspendido. La imagen es la de toda la ley y los profetas colgando de dos mandamientos, como de un mismo punto que lo sostiene todo. Leído así, la ley no se reduce a dos reglas; los demás mandamientos siguen ahí, y se entienden desde estos dos. El segundo es «semejante» al primero (ὁμοία, homoia): comparte su forma, «amarás», y se pone a su lado. La fórmula «la ley y los profetas» ya había aparecido en el Sermón del Monte, cuando Jesús dijo que no vino a abrogarlos (5:17) y cuando cerró la regla de oro: «porque esto es la ley y los profetas» (7:12).

3. «¿Cómo es su hijo?» πῶς … κύριον (pōs … kyrion)

La respuesta de los fariseos es correcta según el mismo Mateo, que abre su evangelio llamando a Jesús «hijo de David». La dificultad que Jesús plantea está en el salmo, y la RVR60 la deja ver: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra» (Sal 110:1). El primero es el nombre divino; el segundo, un título de honor que David le da a alguien que se sienta junto a Dios. Para la pregunta «¿de quién es hijo?», Mateo ya puso la respuesta en boca de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (16:16). La tradición de la iglesia leyó el pasaje desde las dos naturalezas de Cristo (ver notas).

III

Hilo teológico

Las dos escenas forman un solo texto. En la primera, Jesús dice de qué cuelga toda la ley; en la segunda, deja ver quién es el que lo dice. La autoridad que le cuestionaron desde 21:23 queda planteada con el Salmo 110: el Mesías se sienta a la diestra de Dios (ver notas). Mateo lleva esa línea hasta el final del evangelio, cuando el Resucitado dice: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (28:18), y manda enseñar a guardar todo lo que él ha mandado (28:20). El que resume la ley en el amor es el mismo que tiene autoridad para mandarlo.

En la tradición metodista, estos dos mandamientos son la forma misma de la santidad. Juan Wesley describió la perfección cristiana como amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo, y la entendió como obra de la gracia santificadora en la persona entera (ver notas). Predicar este texto entre nosotros es predicar la santidad de corazón y vida.

IV

Tres ángulos homiléticos

A. Empezar por el final

Una de las propuestas de nuestra conversación fue invertir el orden del texto. Se podría comenzar por los vv. 41–46 con una afirmación cristológica: esto es lo que hemos creído, que Jesús es el Mesías, Hijo de David y Señor de David, el medio de nuestra salvación. Desde ahí se pasaría a los vv. 34–40 como lo que él espera de nosotros: amar a Dios con todo lo que somos y al prójimo como a nosotros mismos. El cambio de orden aprovecha la sorpresa y deja el mandamiento como respuesta a quién es Cristo.

B. El inventario de Mateo

Se podría bajar el mandamiento a lo concreto con el inventario que Mateo mismo ofrece en 25:35–36: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, recoger al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al preso. El sermón puede tomar una sola de esas acciones y preguntar dónde está, esta semana, en nuestra comunidad, y quién de los nuestros ya la está haciendo.

C. La pregunta es para nosotros

La escena termina en silencio: «nadie le podía responder palabra» (v. 46). Se podría dejar abierta delante de la congregación la pregunta de Jesús, ¿qué pensáis del Cristo?, sin apurar la respuesta. Debemos predicar a los fariseos de la escena como lo que eran, maestros que discutían en serio cómo vivir la Torá (ver notas), para que la pregunta caiga sobre nosotros.

V

Ilustración y aplicación contextual

El domingo que predicamos la parábola del banquete de bodas (Mt 22:1–14), tomamos prestada de otro predicador una imagen para explicar que el vestido de boda de la parábola tiene poco que ver con la ropa. Si por la puerta de nuestra iglesia entra una persona con la ropa más gastada que podamos imaginar, o con un olor que se siente desde el frente hasta el altar, esa persona llegó bien vestida a la casa del Señor, porque a la casa del Señor se llega como se pueda.

Ahí aparece la dificultad de amar al prójimo: en el banco de al lado, cuando quien llega no se parece a nosotros. Amar al prójimo es llevar a la vida práctica lo que decimos entender en la teoría.

VI

Breves notas sobre el género literario

Son dos relatos de controversia, uno detrás del otro. En el primero, un experto plantea una pregunta de escuela, de las que se discutían entre maestros de la Torá, y Jesús responde con dos citas que en su boca empiezan con el mismo verbo, «amarás». En el segundo, Jesús cambia de papel y propone un enigma sobre un salmo que se atribuye a David en su encabezado, y lo cita como palabra dicha «en el Espíritu» (v. 43).

Marcos cuenta la primera escena de otra manera: el escriba responde bien y Jesús le dice que no está lejos del reino de Dios (Mc 12:34). Mateo la presenta como una prueba más dentro de la serie de confrontaciones. Es probable que la dureza de Mateo con los fariseos refleje también las tensiones de su comunidad con otros grupos judíos de finales del siglo I.

VII

Breves notas sobre la estructura

La perícopa tiene dos escenas en espejo. En la primera, los fariseos se juntan (v. 34), uno de ellos pregunta (vv. 35–36) y Jesús responde (vv. 37–40). En la segunda, con los fariseos juntos todavía (v. 41), Jesús pregunta (v. 42a), ellos responden (v. 42b), Jesús replica con el Salmo 110 (vv. 43–45) y la escena termina en silencio (v. 46).

El v. 46 cierra toda la serie de preguntas en el templo, que repasamos en la entrada anterior. En Marcos, la nota de que ya nadie se atrevía a preguntarle viene después del gran mandamiento (Mc 12:34); Mateo la coloca después de la pregunta por el hijo de David, de modo que la serie termina con una pregunta sobre quién es Jesús. En el capítulo siguiente, Jesús se dirige a la gente y a sus discípulos (23:1).

VIII

Pregunta para la comunidad

Si toda la ley y los profetas cuelgan del amor a Dios y al prójimo, ¿de qué cuelga lo que hacemos como iglesia de lunes a sábado? Y si hoy alguien nos preguntara qué pensamos del Cristo, ¿qué contestaría nuestra manera de amar?

Domingo a Domingo · Episodio 60 · domingoadomingo.com

COMPLEMENTO

Para profundizar: notas y fuentes

1. κρέμαται (κρεμάννυμι, kremannymi): colgar, estar suspendido; el mismo verbo en 18:6, la piedra de molino que se le cuelga al cuello a quien hace tropezar a uno de los pequeños. Fuera de Mateo aparece cinco veces más en el Nuevo Testamento: Lc 23:39; Hch 5:30; 10:39; 28:4; Gá 3:13. En 22:40 el uso es figurado: la ley y los profetas se remiten a estos dos mandamientos como a su principio último.
Fuente: Bill Mounce, diccionario griego en línea, entrada κρεμάννυμι — https://www.billmounce.com/node/140981

2. La pregunta por el mandamiento mayor tenía antecedentes en el judaísmo. El Talmud babilónico cuenta que Hillel, maestro de una generación anterior a Jesús, le resumió la Torá a un gentil con la regla «lo que te es odioso, no se lo hagas a tu prójimo» (Shabbat 31a), y Akiva, ya en el siglo II, llamó a Lv 19:18 un gran principio de la Torá (Sifra, Kedoshim 4:12; Talmud de Jerusalén, Nedarim 9:4). La cuenta de 613 mandamientos, 248 positivos y 365 prohibiciones, pertenece a la tradición rabínica posterior. Jeannine K. Brown observa que la respuesta de Jesús no les habría dado a los fariseos motivo para criticar su manera de interpretar la Torá.
Fuente: Jeannine K. Brown, «Commentary on Matthew 22:34-46», Working Preacher (2008) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-30/commentary-on-matthew-2234-46-3 · Neddy Astudillo Mazuera, «Comentario del San Mateo 22:34-46», Working Preacher (2017) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-30/comentario-del-san-mateo-2234-46-3 · Yeshivat Har Etzion, «Kedoshim: Shammai’s Approach to Loving Your Neighbor», adapt. Shaul Barth — https://etzion.org.il/en/tanakh/torah/sefer-vayikra/parashat-kedoshim/kedoshim-shammais-approach-loving-your-neighbor

3. Neddy Astudillo Mazuera recoge la lectura de M. Eugene Boring sobre el título «Hijo de David»: para Marcos quedaba demasiado cerca de la violencia, la conquista militar y el reino de este mundo, mientras Mateo lo asume como título correcto para Jesús, con un reinado basado en el amor al prójimo. Jeannine K. Brown reúne los lugares donde Mateo llama «Señor» a Jesús (7:22; 8:2, 25; 17:4; 20:30-31; 25:44) y propone predicar las dos mitades del enigma sin olvidar que Jesús es un Mesías judío.
Fuente: Neddy Astudillo Mazuera, «Comentario del San Mateo 22:34-46», Working Preacher (2017), con referencia a M. Eugene Boring, The New Interpreter’s Bible, vol. 8 — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-30/comentario-del-san-mateo-2234-46-3 · Jeannine K. Brown, «Commentary on Matthew 22:34-46», Working Preacher (2008) — https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-30/commentary-on-matthew-2234-46-3

4. Agustín predicó sobre este pasaje al menos dos veces. En el Sermón 91 lo explica con el prólogo de Juan: porque en el principio era el Verbo, Cristo es Señor de David; porque el Verbo se hizo carne, es su hijo. En el Sermón 92 lo resume así: Señor de David siempre, Hijo de David en el tiempo; Señor, nacido de la sustancia del Padre, e hijo, nacido de la virgen María.
Fuente: Agustín de Hipona, Sermones 91 y 92 (XLI y XLII en la serie sobre el Nuevo Testamento de Nicene and Post-Nicene Fathers I/6) — https://newadvent.org/fathers/160341.htm · https://www.newadvent.org/fathers/160342.htm

5. En su catequesis sobre el Salmo 110, Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) explica que Dios entroniza al rey haciéndolo sentar a su derecha, y que así el rey queda admitido a participar en el señorío divino. Recuerda que Jesús citó ese versículo para mostrar que el Mesías era mayor que David, su Señor, y lee al rey sentado a la derecha de Dios como el nuevo David, el Hijo de Dios.
Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de noviembre de 2011, «Salmo 110 (109)» — https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20111116.pdf

6. Juan Wesley escribió A Plain Account of Christian Perfection (1777) para contar cómo llegó a la doctrina de la perfección cristiana, y la definió, entre otras maneras, como amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Para Wesley ese amor es obra de la gracia y abarca la persona entera: alma, cuerpo y bienes dedicados a Dios.
Fuente: Juan Wesley, A Plain Account of Christian Perfection, Wesley Center Online — https://wesley.nnu.edu/?id=786


Que el Hijo a quien David llamó Señor te sostenga en su amor, y que de ese amor cuelgue todo lo que hagas esta semana, dentro y fuera del templo.

S. Febo
21 de octubre de 2026