Esta semana nos sentamos a conversar sobre uno de esos textos que parecen fáciles y resultan ser de los más hondos del leccionario si los tomamos con seriedad: Mateo 10:40–42, el cierre del discurso de envío.
Nos acompañó Rubén David "Rubencito" Bonilla Ramos, estudiante doctoral de teología en la Universidad de Toronto y profesor del Seminario Evangélico y Emmanuel College en la Universidad de Toronto. Lo que empezó como una lectura sobre recibir a un enviado terminó poniéndonos preguntas incómodas: a quién recibimos de verdad, qué es la recompensa, y por qué nadie es enviado en solitario.
Tres ideas clave de mi conversación con Rubén David:
Recibir no es abrir la puerta y seguir igual: la hospitalidad que pide el texto se vuelve acción concreta y transforma una vida.
La recompensa no es solo del cielo: en un Puerto Rico donde falta lo básico, la esperanza también se construye hoy, en comunidad.
El envío nunca es singular. Jesús no dice "el que a ti recibe", sino "el que a vosotros recibe": somos enviados como pueblo, no como individuos sueltos.
🎧 Ve el episodio completo: Un vaso de agua fría · Mateo 10:40–42 (Ep. 43)
COMPANION
Comentario a Mateo 10:40–42: la hospitalidad que transforma y una recompensa que no espera.
Hay textos que parecen sencillos hasta que uno se sienta a prepararse para predicarlos. Mateo 10:40–42 es uno de ellos. En tres versículos cortos, Jesús cierra todo un discurso de envío con una promesa: el que recibe a uno de sus enviados lo recibe a él, y en él, recibe a Dios. Suena hermoso. Pero apenas lo tocas, empieza a hacer preguntas.
La primera es qué significa "recibir". Es fácil quedarnos en la versión cómoda: abrir la puerta, sentar a la visita en la sala, darle un vaso de agua y despedirla sin que nada haya cambiado en nadie. Rubén lo llamó un recibimiento blando. Recibimos a la gente, y ya. Pero el texto pide otra cosa. Quien llega no llega solo como persona, llega cargando un mensaje, una buena noticia que pide ser escuchada y que, cuando se escucha de verdad, transforma. Recibir, aquí, no es cortesía: es dejarse cambiar.
Es fácil recibir al enviado que nos cae bien, al que encaja en nuestra idea de cómo es alguien que viene de parte de Dios. ¿Pero qué hacemos cuando el que llega no cumple con nuestros requisitos? La pregunta del domingo es si nuestra hospitalidad llega hasta donde duele, hasta la persona que nuestros prejuicios no alcanzan a ver como portadora del reino.
Por eso el detalle del vaso de agua fría es tan importante. No se trata del tamaño de lo que se entrega, sino del gesto. Hasta el que casi no tiene nada puede dar agua fría. La hospitalidad que pide Jesús no se mide por la abundancia de lo que damos, sino por la disposición de recibir y servir al otro. Y casi nunca es solo palabras: es cuidar a los nenes para que la mamá pueda ir a trabajar, es sentarse a llenarle la planilla al anciano para que no lo estafen, es atender las necesidades específicas.
Lo que nos lleva a la palabra más espinosa del texto: recompensa. Se nos ha entrenado a que la recompensa es del cielo, allá, en el Reino venidero. Claro que si, creemos en eso; creemos en la resurrección y en lo por venir. Pero hay que ser honesto desde lo que se predica. Vivimos en un país donde hay gente sin agua, sin luz, sin dónde almorzar después de salir de la iglesia. Hablarle a esa persona de una casa preparada en el cielo, mientras su casa de aquí no tiene techo, se vuelve difícil. Tal vez la recompensa no sea solo lo que habrá, sino también lo que se construye. Tal vez empieza el día en que la hospitalidad se vuelve concreta y, juntos, le devolvemos dignidad a alguien. Eso también es paga, y se cobra ahora.
Hay una última cosa que el texto me corrige cada vez. Jesús no dice "el que a ti recibe". Dice "el que a vosotros recibe". El envío nunca es de uno solo. Dios no me está enviando a mí; nos está enviando a nosotros, como comunidad. Sí, ser enviado pone la vara alta: si soy discípulo en mi casa, en el trabajo, en la fila del banco, eso pide una conducta a esa altura. Pero el mismo texto, para que no nos lo creamos demasiado, nos llama "uno de estos pequeñitos". No es falsa humildad; es sobriedad sobre nuestro lugar en la fe.
Y entonces aparece lo más bonito. El texto tiene dos caras a la vez: soy enviado, y también recibo a otros que Dios envía. Doy mientras me dan. Predico mientras me ministran. Hago por otros mientras otros hacen por mí. No son dos momentos separados; es un solo movimiento de ida y vuelta que sostiene a la comunidad. Quizás ahí, justo ahí, está la recompensa: en recibir mientras somos recibidos.
Para predicarlo el domingo, yo lo armaría por capas: primero la comunidad, después el individuo. Que cada quien pueda decir "esto se trata de mí", sin olvidar nunca que nunca se trata de nosotros solos.
Hoja de predicación · Domingo a Domingo
Un vaso de agua fría
Recibir al enviado, la hospitalidad que transforma y una recompensa en tiempo presente
Mateo 10:40–42
5.º domingo después de Pentecostés · Propio 8 · Ciclo A · Verde · 28 de junio de 2026
Contexto histórico-cultural
Mateo 10 es el segundo de los cinco grandes discursos del evangelio: el discurso misionero. Comienza con la elección de los doce (10:1–4) y se cierra con estos tres versículos, que funcionan como su remate. Los vv. 40–42 presuponen el principio judío de la agencia, el shaliaj: el emisario representa a quien lo envía y porta su plena autoridad, de modo que recibir al enviado equivale a recibir al que envía (cf. Misná, Berajot 5:5; Kidušín 41b).
El movimiento de la perícopa desciende a propósito, de profeta a justo y de justo a "pequeñito", hasta el gesto mínimo de dar de beber. En el clima de la región, un vaso de agua fría no es lujo sino alivio para quien lleva horas de camino, y es, a la vez, lo que hasta el más pobre puede ofrecer.
Tres claves exegéticas
1. Recibir δέχομαι (déchomai)
El verbo "recibir, acoger" aparece seis veces en los vv. 40–41. No describe un trámite, sino la acogida hospitalaria del huésped. Recibir al discípulo es recibir a Cristo, y en Cristo, al Padre, una sola cadena de acogida.
2. El que me envió ἀποστείλαντά με (aposteílantá me)
De la raíz apostéllō, "enviar", de donde viene "apóstol". El texto encadena Padre, Jesús y discípulos: el enviado no actúa por cuenta propia, sino con la autoridad del que lo envía. Aquí está el peso del emisario.
3. Recompensa y agua fría μισθός · ποτήριον ψυχροῦ
Misthós es "paga, jornal, recompensa", lenguaje de retribución concreta y no solo de premio futuro. Y la frase es, literalmente, "un vaso de lo frío (psychrón) solamente": el sustantivo "agua" (hýdatos) está implícito. El destinatario es uno de los mikrón, los "pequeñitos", los discípulos vistos desde abajo.
Hilo teológico
El corazón del texto es una triple acogida: quien recibe al discípulo recibe a Cristo, y en Cristo, a Dios (10:40). Lo trascendente se deja recibir en lo finito, y la presencia divina no queda confinada a los doce, sino que se reparte en cada discípulo enviado.
De ahí que la recompensa no sea solo escatológica. Si el reino se hace presente donde hay una acogida que libera, entonces la paga empieza a verse ya, en la comunidad que recibe mientras es recibida.
Tres ángulos homiléticos
A. El recibimiento que no es blando
Acoger no es solo abrir la puerta y seguir igual. El texto pide una hospitalidad que se vuelve acción: no basta con dar la bienvenida, hay que cuidar a los hijos para que la madre trabaje, llenar la planilla del anciano, dar la fórmula. Recibir, aquí, transforma una vida.
B. La recompensa en tiempo presente
Predicar la esperanza sin reducirla al cielo. En un país donde falta agua, luz y comida, anunciar una casa futura a quien hoy no tiene techo exige cuidado pastoral. La resurrección sigue en pie, pero la recompensa también se construye ahora, en común.
C. Enviados, y a la vez "pequeñitos"
El texto pone la vara alta, ser enviado implica una conducta a esa altura, y enseguida nos llama "pequeñitos" para que esa altura no se vuelva soberbia. Y dice "el que a vosotros recibe": el envío es plural. No vamos solos, vamos en comunidad.
Ilustración y aplicación contextual
Un experimento social en Estados Unidos: una madre llamaba a las iglesias pidiendo dinero para fórmula. La recibían con gusto, hasta que pedía la ayuda concreta de ese momento; ahí se cortaba la conversación. La pregunta sería: ¿recibimos de verdad a quien no encaja en nuestra idea de un enviado de Dios?
El reto no es repetir un buen discurso, sino que la práctica de la iglesia, y la nuestra, se ajuste a lo que predicamos. El mensaje no transforma solamente a quien escucha, al otro, sino que también tiene que interpelar a la iglesia, a los líderes y al pastor para que se revise en detalle.
Breves notas sobre el género literario
Es discurso misionero: dichos de envío encadenados, con forma de sentencias de retribución ("recibe… recibirá"). La triple cláusula es rítmica y mnemotécnica, propia de la enseñanza oral. No es narración ni parábola, son máximas que condensan, en pocas palabras, toda una teología de la representación y la acogida.
Breves notas sobre la estructura
Dos movimientos cruzados. Uno asciende en la acogida: vosotros, a mí, al que me envió (10:40). El otro desciende en los destinatarios: profeta, justo, pequeñito (10:41–42). Los tres versículos son el clímax que cierra el capítulo 10. Leídos solos pierden fuerza; leídos dentro del discurso de envío cobran todo su sentido.
Pregunta para la comunidad
Domingo a Domingo · Episodio 43 · domingoadomingo.com
COMPLEMENTO
El trasfondo del texto: el shaliaj (la ley judía de la agencia). "El que a vosotros recibe, a mí me recibe" descansa sobre un principio jurídico judío bien conocido: el agente de una persona es como ella misma (Misná, Berajot 5:5; Talmud, Kidušín 41b). El emisario porta la plena autoridad del que lo envía, como hoy un embajador representa a su nación. El primer shaliaj de la Torá es Eliezer, enviado por Abraham (Génesis 24). Esto sostiene el énfasis del episodio en el "emisario". Donald A. Hagner lo desarrolla en Word Biblical Commentary: Matthew 1–13, vol. 33a (Dallas: Word, 1993), conectando a estos enviados con el cuerpo apostólico (cf. 1 Corintios 12:28, la imagen de los miembros del cuerpo que se trajo en el episodio).
Working Preacher (Luther Seminary), comentario para este domingo (Ordinario 13, Año A), lo resume así: los emisarios representan la presencia y portan la plena autoridad de quien los envía, y Mateo, más que ningún otro evangelio, "democratiza" ese poder repartiéndolo entre todos los discípulos. Une, de hecho, las dos voces del episodio: la autoridad del enviado y el envío en comunidad.
https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-13/commentary-on-matthew-1040-42-7
Vocabulario griego.
El verbo δέχομαι (déchomai, "recibir, acoger") aparece seis veces en los vv. 40–41. La palabra μισθός (misthós) es "paga, jornal, recompensa".
La expresión ποτήριον ψυχροῦ (potḗrion psychroú) es literalmente "un vaso de lo frío", con el sustantivo ὕδατος ("agua") implícito (lo notan testigos como el Códice Beza y la Vulgata).
La palabra μικρῶν (mikrôn), es "pequeñitos".
San Jerónimo y el coro patrístico sobre el vaso de agua fría. Jerónimo observa que el agua fría elimina la excusa de la pobreza: aun el más pobre puede darla, porque no requiere fuego ni gasto; y el honor se rinde al estatus de discípulo, no a los méritos del que recibe (la recompensa se concede a la fe del que da, no a la falta del que es recibido).
La Glossa Ordinaria lo redondea: Dios mira más la disposición piadosa del que da que la abundancia de lo dado, exactamente el punto del episodio sobre el gesto por encima del tamaño del detalle obsequiado. Hilario de Poitiers añade que aun el servicio mínimo a quien parece indigno no es en vano. (Recopilados en la Catena Aurea de Tomás de Aquino.) → https://en.wikipedia.org/wiki/Matthew_10:42
Jon Sobrino y la "actividad del reino". La idea que invocó Rubén, que donde hay liberación de la persona se hace presente el reino, resume bien la cristología de Jon Sobrino (jesuita nacido en Barcelona y nacionalizado salvadoreño): el reino de Dios es el centro de la práctica de Jesús, y la salvación se verifica como liberación histórica de los pobres y las víctimas, no solo como promesa trascendente.
https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0049-34492004000100003
Referencias cruzadas que salieron en la conversación. El eco de "por cuanto lo hicisteis a uno de estos… a mí lo hicisteis" es Mateo 25:31–46 (en especial 25:40). La parábola de la paga igual, donde la recompensa primaria es el privilegio de trabajar en la obra, es la de los jornaleros de la viña, Mateo 20:1–16.
Lecturas paralelas del Propio 8 (Año A), para quien predique en diálogo con todo el leccionario: Génesis 22:1–14 y Salmo 13 (semicontinuo); Jeremías 28:5–9 y Salmo 89:1–4, 15–18 (complementario); Romanos 6:12–23; Mateo 10:40–42.
Que el Señor, que se deja recibir en el más pequeño, te dé ojos para reconocerlo en quien llega y manos dispuestas para el vaso de agua fría.
S. Febo
Conversación